El hombre que hablaba demasiado

“Dos hombres se encuentran en una habitación miserablemente amueblada. Los hombres discuten acerca de equipos de fútbol y de noticias de prensa. A medida que se desarrolla el diálogo, Pinter se las arregla para darnos a entender, con notable pe­ricia, que se trata de dos asesinos a sueldo, al servicio de una misteriosa organización. Pasan el tiempo en habitaciones, a donde se les envía para que esperen órdenes. Se oyen pisadas que se aproximan a la puerta. Alguien desliza un sobre por la ranura, y los pasos vuelven a alejarse. Los pistoleros enfundan sus revólveres y respiran tranquilos. Siguen charlando, y de pronto empieza a funcionar un montaplatos que está al fondo de la habitación. En él encuentran una nota de restaurante, por lo que llegan a la conclusión de que deben hallarse en lo que era antes la cocina.  Ben y Gus registran frené­ticamente sus bolsillos y meten en el montaplatos toda la co­mida que tienen. El montaplatos vuelve a bajar una y otra vez, siempre con pedidos cada vez más extravagantes de co­midas exóticas. Pinter aprovecha al máximo este recurso del absurdo, pues lo utiliza para acentuar el contraste con su clímax horrorífico. Gus sale para ir a la habitación contigua, y Ben recibe instruccio­nes de una voz que habla por el hueco del montaplatos. Cuando Gus vuelve, va en mangas de camisa y su pistola ha desa­parecido; y en el momento en que cae el telón comprendemos que Ben ha recibido órdenes de matar a su compañero.” Fragmento del libro "Teatro de protesta y paradoja" George E. Wellwarth (1964).